¿Eres agresivo cuando te enfadas?

Tanto en el lenguaje coloquial como en la jerga psicológica muchas veces se utilizan indistintamente las expresiones enfado y agresión. Sin embargo, estrictamente hablando no se trata de lo mismo.

En nuestro taller sobre cómo dominar el enfado explicamos que el enfado es la emoción que experimentamos, mientras que la agresión es la manifestación, más o menos violenta, de dicha emoción. Esta expresión puede ser verbal o a través de la conducta, pero siempre que suponga la vulneración de los derechos del otro, estaremos hablando de agresión.

Es cierto que en la gran mayoría de las ocasiones, la experimentación de una emoción y su expresión van de la mano, y en el caso particular de la ira o el enfado, es muy difícil encontrar estados intensos de dicha emoción que no incluyan un cierto grado de agresividad, al igual que comportamientos agresivos que no estén motivados de alguna manera por un estado de enfado.

Anderson y Bushman sugieren cinco razones por las que el enfado aumenta la probabilidad de agresión.

  1. El enfado reduce las inhibiciones que la persona tiene hacia la agresión, creando una justificación moral “se lo merece” y además interfiere en los procesos cognitivos de reevaluar la conveniencia de la conducta agresiva.
  2. El enfado hace que la persona se mantenga predispuesta a ser agresiva en el tiempo, a través de la rumiación.
  3. El enfado facilita que los estímulos neutros se interpreten como amenazadores.
  4. El enfado aumenta las posibilidades de elegir como solución a un problema la agresividad.
  5. El enfado provoca grandes niveles de activación y energía que facilitan la acción.

Esta expresión agresiva del enfado puede darse con diferentes niveles de intensidad. Sevillá y Pastor en su obra Domando al dragón, nos plantean cinco niveles en la expresión agresiva del enfado:

NIVEL 1. Se trata de una expresión casi inapreciable, implica cambios modestos en el comportamiento:

  • Hablar menos (contestar con monosílabos, no contar todo lo que se requiere, ceder la iniciativa en la conversación, prolongar los silencios…).
  • Dejar de sonreír.
  • No mirar a los ojos.
  • Alterar las variables paralingüísticas (volumen, entonación y ritmo).

Son cambios tan sutiles que, de no conocer a la persona de una manera íntima, podrían fácilmente pasar desapercibidos.

NIVEL 2. Conductas verbales agresivas indirectas:

  • Comentarios irónicos.
  • Bromas de mal gusto.
  • Observaciones corrosivas.
  • Estar especialmente discutidor.

Aquí la persona estaría manifestando su enfado y su hostilidad de una manera apenas disimulada. Estaríamos ante la expresión de sentimientos negativos de manera velada o semioculta. Hay individuos que han desarrollado este tipo de estrategias hasta tal nivel de eficacia que, ante ojos inexpertos, podrían parecer sus comentarios fruto de un humor inteligente, provocador o irreverente.

NIVEL 3. Conductas verbales agresivas directas.

  • Insultos.
  • Intentos de humillación o ridiculización.
  • Amenazas.
  • Descalificaciones.

Aquí no hay sutilezas. Los sentimientos negativos se expresan de manera completamente directa. Son casi la verbalización exacta, sin filtros, de los pensamientos de enfado.

NIVEL 4. Conductas físicas agresivas indirectas.

  • Dar un portazo o patada a una puerta.
  • Estrellar objetos contra el suelo o la pared.
  • Gritar.
  • Hacer movimientos cotidianos de forma brusca.
  • Hacer más ruido de lo necesario.
  • Negarse a colaborar en la ejecución de determinadas tareas.

Una vez más, esta vez físicamente, la persona sobreenfadada expresaría su estado emocional de manera indirecta, pero a través de su comportamiento.

NIVEL 5. Conductas físicas agresivas directas.

Estamos ante conductas violentas habitualmente dirigidas hacia el objeto de enfado, en la mayoría de los casos otra persona.

  • Acercarse en exceso al otro.
  • Hacer gestos obscenos o intimidatorios.
  • Un empujón.
  • Agarrar por el brazo a la otra persona.
  • Hasta una paliza completa.

No es extraño encontrar secuencias donde la agresividad física se desplaza hacia otra persona que no forma parte del escenario disparador. Por ejemplo, una persona que se enfada mucho con su jefe, aguanta su agresividad hacia él, pero al llegar a casa dirige su violencia hacia sus hijos o su mujer. También incluimos en esta categoría conductas violentas auto infligidas: dar cabezazos contra la pared, darse puñetazos, quemarse, morderse el interior de la boca o la lengua, cortarse a sí mismo o, más habitualmente, abusar del alcohol o de otros tóxicos.

Pero, ¿es ésta la única posibilidad? Dado que no podemos evitar enfadarnos, ¿hay alternativa a una expresión agresiva de nuestro enfado? ¿es posible mostrar nuestro malestar y defendernos cuando nos sentirnos ofendidos sin necesidad de vulnerar los derechos de los demás?

Sí, la hay. Una vez más la respuesta está en la asertividad, ese estilo de comunicación que nos posibilita expresar de manera firme y directa nuestras emociones, sean cuales sean éstas, así como defender nuestros derechos y hacernos respetar, pero que no necesita agredir y someter al otro para conseguirlo.