¿Eres agresivo cuando te enfadas?

En el lenguaje coloquial solemos utilizar la palabra “enfado” tanto para referirnos a la experiencia emocional como a la manera en que expresamos dicha emoción. Como si se tratase de la misma cosa. Habitualmente escuchamos expresiones del tipo: “al final me tuve que enfadar” cuando alguien nos cuenta que acabó pegando un puñetazo en la mesa, o, “es que estaba muy enfadado” para justificar el hecho de haber gritado a otra persona. Para empezar a entender el error que se encierra en estas situaciones, debemos diferenciar entre enfado y agresión. Cuando hablamos de enfado nos referimos única y exclusivamente a la emoción, sin embargo, pegar un puñetazo en la mesa o gritar a otra persona forma parte de la expresión de dicha emoción, pero no de la emoción en sí misma.

La experiencia emocional del enfado o de la ira, que es el nombre genérico de dicha emoción, se compone, como el resto de las emociones básicas, de tres elementos: una alteración muy intensa a nivel fisiológico (calor, taquicardia, tensión muscular…), un sesgo de pensamiento que nos lleva a focalizarnos en la ofensa recibida y una tendencia a la acción, es decir, un impulso a actuar de manera más o menos agresiva. Es en este último componente donde está la clave. A diferencia de lo que ocurre con los dos primeros, que son totalmente inevitables, (no es posible enfadarnos sin que aumente nuestra tensión muscular y nuestro pensamiento se distorsione), el tercero es solo una tendencia y, por lo tanto, algo controlable.

Siempre que la expresión de nuestra emoción suponga la vulneración de los derechos del otro, estaremos hablando de agresión. Y no solo nos referimos a derechos legales sino que sobre todo hablamos de derechos asertivos. (Puedes saber lo que son los derechos asertivos en otra entrada de este mismo blog).

Es cierto que, en la gran mayoría de las ocasiones, la experiencia emocional y su expresión suelen ir de la mano y, en el caso particular de la ira o el enfado, es muy difícil encontrar estados intensos de dicha emoción que no incluyan un cierto grado de agresividad, al igual que comportamientos agresivos que no estén mediados de alguna manera por el enfado. Dejamos aquí al margen las agresiones instrumentales cometidas por los psicópatas.

Llegados a este punto, deberíamos tener claro que enfado y agresión no son la misma cosa y que no necesariamente lo primero nos lleva a lo segundo.

¿Por qué es tan habitual entonces que ambos se den juntos?

Anderson y Bushman sugieren cinco razones por las que el enfado aumenta la probabilidad de agresión.

  1. El enfado reduce las inhibiciones que la persona tiene hacia la agresión, creando una justificación moral, “se lo merece” y además interfiere en los procesos cognitivos que evalúan la conveniencia de la conducta agresiva.
  2. El enfado hace que la persona se mantenga predispuesta a ser agresiva en el tiempo, a través de la rumiación.
  3. El enfado facilita que los estímulos neutros se interpreten como amenazadores.
  4. El enfado aumenta las posibilidades de elegir como solución a un problema la agresividad.
  5. El enfado provoca grandes niveles de activación y energía que facilitan la acción.

Además, es mas fácil agredir de lo que pensamos y puede que alguna manera habitual de comportarnos cuando estamos enfadados sea agresiva sin que hayamos reparado en ello. Sevillá y Pastor nos plantean cinco niveles en la expresión agresiva del enfado:

NIVEL 1. Se trata de una expresión casi inapreciable, implica cambios modestos en el comportamiento:

  • Hablar menos (contestar con monosílabos, no contar todo lo que se requiere, ceder la iniciativa en la conversación, prolongar los silencios…).
  • Dejar de sonreír.
  • No mirar a los ojos.
  • Alterar las variables paralingüísticas (volumen, entonación y ritmo).

Son cambios tan sutiles que, de no conocer a la persona de una manera íntima, podrían fácilmente pasar desapercibidos.

NIVEL 2. Conductas verbales agresivas indirectas:

  • Comentarios irónicos.
  • Bromas de mal gusto.
  • Observaciones corrosivas.
  • Estar especialmente discutidor.

Aquí la persona estaría manifestando su enfado y su hostilidad de una manera apenas disimulada. Estaríamos ante la expresión de sentimientos negativos de manera velada o semioculta. Hay individuos que han desarrollado este tipo de estrategias hasta tal nivel de eficacia que, ante ojos inexpertos, podrían parecer sus comentarios fruto de un humor inteligente, provocador o irreverente.

NIVEL 3. Conductas verbales agresivas directas.

  • Insultos.
  • Intentos de humillación o ridiculización.
  • Amenazas.
  • Descalificaciones.

Aquí no hay sutilezas. Los sentimientos negativos se expresan de manera completamente directa. Son casi la verbalización exacta, sin filtros, de los pensamientos de enfado.

NIVEL 4. Conductas físicas agresivas indirectas.

  • Dar un portazo o patada a una puerta.
  • Estrellar objetos contra el suelo o la pared.
  • Gritar.
  • Hacer movimientos cotidianos de forma brusca.
  • Hacer más ruido de lo necesario.
  • Negarse a colaborar en la ejecución de determinadas tareas.

Una vez más, esta vez físicamente, la persona sobreenfadada expresaría su estado emocional de manera indirecta, pero a través de su comportamiento.

NIVEL 5. Conductas físicas agresivas directas.

Estamos ante conductas violentas habitualmente dirigidas hacia el objeto de enfado, en la mayoría de los casos otra persona.

  • Acercarse en exceso al otro.
  • Hacer gestos obscenos o intimidatorios.
  • Un empujón.
  • Agarrar por el brazo a la otra persona.
  • Hasta una paliza completa.

No podemos impedir enfadarnos, la emoción es algo que aparece de manera automática y necesaria siempre que interpretemos el comportamiento del otro como una ofensa. Pero, ¿hay alternativa a una expresión agresiva de nuestro enfado? Sí la hay. Como ya hemos comentado, no podemos evitar la emoción, pero sí la agresión. Agredir es siempre una conducta voluntaria, por lo tanto, podemos controlarla y sustituirla por un mensaje que muestre nuestro malestar y nos permita defendernos cuando nos sentimos ofendidos sin la necesidad de vulnerar los derechos de los demás. A esto lo llamamos asertividad, el estilo de comunicación que nos posibilita expresar de manera firme y directa nuestras emociones y necesidades, sean cuales sean éstas, así como defender nuestros derechos y hacernos respetar, pero que no necesita agredir y someter al otro para conseguirlo.

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