Autoestima engañosa

Todos tenemos claro que queremos disfrutar de una autoestima saludable. Sin embargo, no siempre somos capaces de encontrar la manera de conseguirlo.

Repara un momento en cómo ayudarías a alguien querido a sentirse bien consigo mismo. Cuando nuestro amigo se siente “pequeño” y no se atreve a defender sus derechos en el trabajo, por ejemplo, no sería extraño que nosotros nos arrancáramos con un “Pero… ¡si Tú Vales Mucho!”

Nuestro mensaje estaría, sin duda, cargado de buenas intenciones. Y, de hecho, se parece mucho a lo que personas que nos quieren nos han dicho a nosotros alguna vez. Solo tiene un inconveniente y es que no funciona, este mensaje no consigue aumentar la autoestima de nadie.

Podemos notar un alivio momentáneo cuando nos recordamos nuestra valía, pero no dura porque en realidad es un mensaje que carece de significado. ¿Qué quiere decir que valgo mucho? Si valgo mucho debe ser porque hay otros que valen menos. Es una forma de buscar el bienestar que utiliza un sistema de puntos. Unos valen más y otros menos. Y yo puedo sentirme bien porque soy de los que valen más.

Este mensaje genera una autoestima engañosa porque, al decirme que valgo más me siento mejor que cuando me digo que valgo poco. Si soy de los que menos vale, claro, me siento peor todavía. Pero, sin duda, se trata de una sensación efímera que no se sustenta en nada.

Esta manera de intentar mantener la autoestima alta parte de la premisa de que las personas podrían colocarse en una especie de lista con distintas puntuaciones y de lo que se trata es de demostrarme que yo ocupo un buen lugar en la clasificación. Desde esta forma de entender la autoestima parten infinitas estrategias orientadas a mejorar la autoestima. Todas ellas fallidas. Entre las más conocidas se encuentran hablar conmigo en el espejo para recordarme por la mañana lo mucho que valgo, o hacer listas de todas las habilidades que poseo y todo lo que sé hacer bien para asegurarme de que mi puntuación en la lista humana es elevada.

Las personas que han probado estas estrategias nos cuentan que han resultado inútiles como método para aumentar la autoestima.

¿Qué hacer, además, con todas esas cosas de mí que no me gustan? Estos aspectos negativos de mí van a puntuar verdaderamente bajo. Desde este planteamiento engañoso de autoestima la propuesta es, precisamente, tener muy presente lo positivo para, de alguna manera, compensar lo negativo. De alguna forma, se trata de hacer una cuenta. Lo positivo menos lo negativo, ¿cuánto da? ¿Positivo? Tienes suerte, puedes sentirte bien contigo mismo. Vales mucho.

Este mecanismo está integrado en muchas personas, y si escuchamos nuestro diálogo interior, lo podemos encontrar en mensajes como éste cuando hablamos con nosotros mismos: “Vaya metedura de pata, eres un desastre. Bueno, pero también has tenido paciencia y has sido cariñoso, eso también hay que tenerlo en cuenta”. Lo positivo menos lo negativo sigue dando un pequeño saldo positivo. Otras veces el saldo queda en números rojos.

Si esta fórmula no parece dar fruto, necesitamos encontrar otro mecanismo para tratar de salvaguardar nuestra autoestima, nuestro bienestar con nosotros mismos.

Un planteamiento que permite llegar mucho más profundo y procurarnos serenidad y plenitud en nuestra vida es la búsqueda de la aceptación incondicional. Se trata de romper todas las listas de puntuaciones que nos ponen en competición con los demás y entender que todos somos conjuntos irrepetibles de aspectos positivos y negativos, pero que eso, no tiene demasiada importancia, dado que todos los seres humanos están constituidos igual, con cosas muy valiosas, pero siempre en la imperfección. No merece la pena vivir comparándose con otros sino más bien mirándose a uno mismo para tratar de estar tranquilo con lo que cada uno es.

En nuestro taller de autoestima proponemos un camino de aceptación incondicional, buscando  entender, aceptar y perdonar los continuos errores e imperfecciones en las que nos descubrimos, mitigando el dolor que a nosotros mismos nos producen nuestros fracasos y sin acrecentar el sufrimiento reprochándonos no ser capaces de hacerlo mejor. Ya sabemos que estamos diseñados en la imperfección.

A través de la aceptación incondicional, por tanto, dejaremos de compararnos con los demás y trataremos de llevarnos bien con nosotros mismos. Miraremos lo que hacemos mal, no lo negaremos, pero acogiéndonos, consolándonos y animándonos. Y sí, miraremos también los que hacemos bien, nos lo recordaremos, pero no como mecanismo para compensar lo negativo sino como gesto de amabilidad y autocuidado.

Porque la aceptación de uno mismo, su bienestar y su autoestima, son, sobre todo, una decisión de tratarse amablemente y con autocuidado.