empatía enfado

Empatía y enfado: dos estados incompatibles entre si

El concepto de empatía es sobradamente conocido por todos, cuando preguntamos por ella en nuestros talleres encontramos que todo el mundo la conoce: la podríamos definir como de la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de tal modo que podamos entender, no solo racionalmente, sino también emocionalmente, sus razones y su punto de vista.

Como nos explica Brené Brown en otra entrada de este mismo blog, la empatía nos permite “conectar” con los demás, y es precisamente esta conexión la que desaparece cuando nos enfadamos y como consecuencia del enfado nuestro comportamiento se vuelve agresivo.

Es común la experiencia de ser incapaces de empatizar con alguien mientras estamos muy enfadados con esa persona, y, una vez que se nos ha pasado el enfado, observar cómo de manera natural y espontánea, entendemos sus razones y vemos los matices que previamente la ira nos impedía apreciar.

Esta dificultad para empatizar con las personas provocadoras de nuestro enfado tiene una razón evolutiva. A lo largo de nuestra historia como especie, la ira (enfado) se ha activado ante situaciones en las que estábamos siendo atacados, y determinados aspectos vitales estaban comprometidos. Por tanto, se ha tratado de una emoción necesaria para la supervivencia, y no parece una buena idea empatizar con el enemigo cuando tu supervivencia está en juego.

Esta hipótesis se me hizo mucho más evidente cuando encontré en el libro de Luis Moya Albiol “La empatía,” lo siguiente:

Empatía y violencia: ¿dos caras de la misma moneda?

“Cuando me puse a revisar todos los artículos sobre empatía y cerebro, me di cuenta de que esas partes del cerebro se solapaban de forma sorprendente con las de la agresión y la violencia. Por ello, argumenté que los circuitos cerebrales para empatía y violencia pueden ser parcialmente similares, es decir, las mismas partes del cerebro pueden controlar ambas”.

“Lo que es altamente improbable, por no decir imposible, es que seamos empáticos y violentos con la misma persona en el mismo momento, lo que reforzaría la hipótesis de los mismos circuitos cerebrales”.

El titular que apareció en multitud de periódicos fue: “La empatía y la violencia tienen circuitos cerebrales similares”.

La conclusión parece clara: mientras estemos bajo el efecto de la ira, es decir, enfadados, nos va a resultar muy difícil empatizar con el otro. Es fácil que lo que hagamos o digamos resulte violento y poco constructivo para resolver un conflicto que casi con seguridad, no va a implicar una lucha por la supervivencia. Por consiguiente, si no queremos agredir innecesariamente, debemos esperar a que la emoción se disipe, para que dichos circuitos cerebrales vuelvan a estar “libres” y la empatía pueda cumplir su función poniéndonos en conexión con los demás. Si quieres aprender más, visita la página de nuestro curso de inteligencia emocional.

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