Oposiciones: ¿estudias o compites?

Siempre hemos pensado que un opositor está más cerca de un deportista profesional que de un estudiante.

Basta con aprenderse unos determinados contenidos y ser capaz de reproducirlos lo más fielmente posible durante el examen para que un estudiante consiga un aprobado, o incluso, un sobresaliente, si ha conseguido realizar la tarea especialmente bien. Sin embargo, esto no es suficiente para aprobar, o, mejor dicho, ganar una oposición. En este caso, debemos ser capaces de redactar o exponer mejor que el resto de los participantes, o, mejor dicho, competidores.

A pesar de que todo esto resulta obvio y de sobra conocido, acuden a nuestro centro un importante número de opositores que se centran única y exclusivamente en aprender el temario de su examen, prestando poca o ninguna atención a otros aspectos de la preparación, que, sin duda, marcarán la diferencia sobre sus competidores.

¿Y cuáles son esos aspectos?

Continuando con el símil del deportista profesional, es fácil entender que éste además de dominar la habilidad de su disciplina deportiva, deberá mantener alta su motivación y elaborar un plan de entrenamiento que le acerque a su objetivo. Este plan deberá tener en cuenta aspectos como la planificación de los periodos de descanso y recuperación, la alimentación, el sueño, y, no menos importante que lo anterior, las estrategias para controlar la ansiedad que pueda aparecer tanto en el momento de la competición como en el de la preparación, y que, sin duda, va a interferir reduciendo sus posibilidades de éxito.

Por otro lado, nos encontramos con que los efectos de esta ansiedad perduran en el tiempo, y cuando el opositor se presenta a siguientes convocatorias, a pesar de estar mejor preparado en lo que respecta al dominio de la materia, la ansiedad vuelve a aparecer y en numerosas ocasiones con más intensidad, lo cual sume al opositor en un círculo vicioso del que cada vez le cuesta más salir.

Un ejemplo de todo esto podría ser el del opositor que teniendo un dominio más que suficiente sobre la materia, no consigue superar el examen porque colapsa en el momento en que se encuentran ante el tribunal, levantándose sin terminar el examen o a veces sin ni siquiera comenzarlo. Eso en el caso de que llegue a presentarse y no tire la toalla unos días antes de la prueba debido a la presión.

Y es que cuando quedan pocas semanas para el examen, parece que lo único que importa es poder sacar más y más horas para estudiar, sobrepasando los límites razonables y no respetando los tiempos necesarios para el descanso y la recuperación. Se suele pensar que hacer un esfuerzo titánico las semanas previas al examen, aumentan las posibilidades de aprobado. Sin embargo, esto suele ser contraproducente cuando se trata de un examen de oposición, donde la prueba a la que nos vamos a enfrentar tiene más de competición que de examen. Estudiar hasta el agotamiento, maltratando nuestro cuerpo y nuestra mente, provoca una bajada significativa del rendimiento y un aumento del estrés y la ansiedad debido al estado de emergencia en el que nos encontramos permanentemente.

Imagina un atleta que se machaca físicamente y no se cuida, descuidando su alimentación y reduciendo el tiempo dedicado al descanso, ¿crees que esta sería la mejor manera de prepararse los días previos a la carrera?

No se trata entonces de hacer un último esfuerzo hasta la meta, donde da igual cómo lleguemos siempre y cuando lleguemos. La meta no es hacer el examen, ni siquiera es hacerlo bien, se trata de ganar, de llegar entre los primeros. Esta competición empieza en el momento en que nos colocamos frente al tribunal o a la hoja en blanco, y si no llegamos en las mejores condiciones posibles, estaremos reduciendo considerablemente nuestras oportunidades.

Por todo esto, consideramos necesaria una preparación “integral” para ganar una oposición, como si fuésemos deportistas de competición, que no sólo se centre en los aspectos académicos, sino que nos otorgue las estrategias necesarias para manejar la tan temida ansiedad ante el examen.

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