Historias que nos contamos

Las historias que nos contamos… y nos creemos

Algunas personas son excesivamente críticas consigo mismas. Son personas que tienen una lupa sobre sus fallos o defectos ampliándolos de manera exagerada, no se dejan pasar ni una y se critican duramente ante cualquier error. Conducirse de esta forma puede llegar a convertirse en un serio problema, puesto que interfiere de forma importante con el bienestar personal.

En la base de estos comportamientos se encuentra una falta de aceptación hacia uno mismo y un deseo irracional de no equivocarse nunca, lo cual es señal de una autoestima dañada.

Pero no es esta la única forma de mostrar dicha dificultad para aceptar los propios fallos. Otra manera sería justo el comportamiento contrario, es decir, negarse a sí mismo el error y recurrir a una ausencia total de autocrítica.

Nos contamos a nosotros mismos una historia sobre lo que ha ocurrido que justifique nuestro comportamiento, desprendiéndonos de toda responsabilidad. Reconocer nuestros errores nos produce tanto dolor que decidimos que no hemos hecho nada mal.

Estas historias pueden tomar muchas formas, pero suelen ser tres las más frecuentes:

  • Historias en las que yo acabo siendo la víctima, eximiéndome de toda responsabilidad. Me llego a sentir desgraciado porque “mi amigo se distancia de mí y me deja de lado”. Sin embargo, no quiero aceptar que soy yo quien no le ha pedido disculpas por algo que le hice últimamente. Esa parte la dejo fuera del guión.
  • Historias en las que siempre hay un “malo” al que etiquetar y culpar. “Es increíble que el proveedor me haya vuelto a mandar este producto mal, es un inepto”. En el fondo, no quiero reconocer que yo también puedo tener parte de la responsabilidad al no tomarme el tiempo de explicarle y asegurarme de que me enviaría el producto correcto.
  • Historias en las que decido que la manera en la que me comporté era mi única posibilidad. Me cuento que lo único que podía hacer era lo que hice. Dadas las características de la otra persona, no había otra opción, cerrando así, la posibilidad de explorar otras vías de comportamiento. “Le he tenido que engañar en la fecha de entrega porque de lo contrario no la cumple. No me queda otro remedio con él.”

A menudo nos contamos estas historias cuando hemos hecho algo mal que nos cuesta reconocer. Mi conducta me parece bochornosa, indigna o simplemente inadecuada y me resulta difícil aceptarlo. De alguna manera viola valores que me parecen importantes, como ser sincero con los demás, ayudar, pedir disculpas, escuchar o esforzarse.

Estas historias me ayudan a salir airoso frente a mí mismo y sitúan la responsabilidad fuera de mí. El problema es que contándome estos cuentos me impido comprender cuál es la verdadera fuente de mi malestar, y aceptar que he actuado de una forma que considero inadecuada. Únicamente a partir de esta comprensión podré plantearme la posibilidad de cambiar, y lo que es aún más importante, podré perdonarme, condición esto último imprescindible para una autoestima sana.

 

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