Una conversación con el público

Imagina que te encuentras en la barra de un bar contando a un amigo en qué consiste el proyecto que estás realizando en tu nuevo trabajo. Estas tan entusiasmado con este proyecto que llevas un buen rato hablando mientras tu amigo te escucha con atención. Estáis situados frente a frente, y te comportas como siempre lo has hecho cuando conversas con otra persona, aunque en este caso tu acaparas la mayor parte de la conversación. Nadie dudaría en calificar esto como un acto de comunicación, donde se identifican claramente los tres componentes que siempre nos dijeron que son necesarios para la comunicación: el emisor (tú) el mensaje (tu proyecto), y el receptor (tu amigo). Al poco tiempo llega otro amigo, al que también le interesa tu proyecto y se une a la conversación, tu sigues absorto explicando todos los detalles de tu fascinante proyecto, y sin darte cuenta has comenzado a repartir tu mirada entre tus dos amigos, para que ninguno se sienta excluido.

Imagina ahora que se han incorporado varios amigos más a esa conversación, de modo que ya tienes un pequeño corrillo de personas a tu alrededor, de hecho, has dado un pequeño paso hacia atrás para no dar la espalda a nadie. Quizá en este punto empieces a pensar que esto ya no es una conversación, pero, piénsalo. ¿Han variado los tres componentes imprescindibles de la comunicación? En realidad, no, tú sigues siendo el emisor, tu mensaje continúa siendo el mismo y tan solo tu interlocutor ha sufrido una metamorfosis y ahora en lugar de un solo cuerpo, resulta que tiene muchos. Pero en esencia esto sigue siendo un acto de comunicación, una conversación, igual que lo era cuando hablabas con tu primer amigo. ¿O acaso es posible tener múltiples conversaciones a la vez, un mensaje diferente para cada una de las personas que te están escuchando?

La mayoría de nosotros nos sentimos relativamente cómodos cuando nos encontramos charlando, conversando, con una sola persona, o al menos no es el miedo escénico el problema que se puede presentar en ese tipo de situaciones. La mayoría de nosotros no tenemos que pensar en cómo comportarnos en estas situaciones, llevamos muchos años conversando con los demás, y nuestro cuerpo ha automatizado nuestros movimientos, la mirada, lo que hacemos con las manos, nuestra orientación, etc., mientras toda nuestra atención se centra en el verdadero y único protagonista, el mensaje. ¿Por qué entonces no seguir comportándonos del mismo modo cuando hablamos en público? Al fin y al cabo, estamos en un acto de comunicación, y si no perdemos de vista esta perspectiva, si logramos que nuestra mente continúe en “modo conversación” a pesar de que nuestro interlocutor posea numerosos cuerpos, y nos centramos en lo que queremos contarle, nuestro cuerpo se organizará, como lo hace cada día, para actuar como lo hace cuando conversamos. Y no solemos tener miedo escénico cuando conversamos, ¿no?

En definitiva, si actúas como si algo fuera peligroso, una parte de tu cerebro sigue sintiendo que es peligroso y el bucle del miedo se retroalimenta. Si actúas como si estuvieras tranquilo, finalmente te sentirás tranquilo.

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