“A buen entendedor con pocas palabras basta”. Siempre he pensado que ese refrán es poco asertivo y si esas palabras son, además de escasas, poco claras, menos asertivo aún.
A veces nos encontramos en la situación de querer decir algo a otra persona, que nos resulta muy difícil de decir, ya sea porque sabemos que no le va a gustar, que le puede hacer sufrir, que es probable que reacciones de manera airada o simplemente porque se trata de un mensaje incómodo.
Imaginemos que queremos decirle a alguien con quien llevamos poco tiempo saliendo, que a veces le huele el aliento, o que no queremos seguir colaborando con un compañero porque su trabajo nos parece de poca calidad y compromete el nuestro.
En este tipo de situaciones, lo último que queremos es herir los sentimientos de la otra persona. Por eso, ante el compromiso entre no hacer daño al otro, pero a la vez no renunciar a expresar lo que para nosotros es importante defender o pedir, optamos por tomar el camino de en medio: decirlo, pero “suavizando el mensaje”. La mayoría de las ocasiones esto se traduce en utilizar indirectas, insinuaciones, mensajes a medias o incompletos, rodeos y más rodeos que acaban diluyendo el mensaje sin llagar a decir nada, etc. Lo que sea para decirlo, pero sin decirlo…
¿Qué suele ocurrir entonces? Con un poco de suerte, el otro “lo pilla”, y nosotros respiramos tranquilos mientras nos secamos el sudor de la frente. Sin embargo, la experiencia nos dice que la gran mayoría de las ocasiones no nos acompaña esa suerte, y lo único que logramos es confusión por la otra parte y frustración por la nuestra, sin que nuestro arriesgado y valiente paso haya servido para conseguir nuestro objetivo.
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¿Será entonces que no hemos sido lo suficientemente hábiles a la hora de elegir el envoltorio para ese mensaje tan duro y difícil? ¿O quizá el problema sea del otro, que no es un “buen entendedor”?
Si abordásemos la cuestión desde un planteamiento asertivo, es decir, respetando a los demás, pero también a nosotros mismos, llegaríamos a la conclusión de que la pregunta adecuada no es ninguna de las dos anteriores. La pregunta que nos deberíamos hacer es: ¿se lo digo o no se lo digo?
Llegados a este punto, no hay una respuesta correcta, la decisión de decirlo o no decirlo dependerá de múltiples factores que la asertividad no puede resolver. Si de verdad nos preocupa cómo se pueda sentir el otro, quizá no debamos decir nada, pero si esa no es una opción, porque callarnos sería hacernos daño a nosotros mismos, entonces tendremos que hablar.
Y ahora sí, cuando hemos decidido hablar, la comunicación asertiva nos permite hacerlo de la manera más respetuosa para ambas partes. Esto es, un mensaje claro, directo, empático, que el receptor no necesite interpretar o completar, que no tenga que leer entre líneas y averiguar lo que estamos intentando decir, que no dé lugar a malentendidos.
¿Tienes dudas de que esta sea la manera más adecuada de abordar una conversación difícil? Sólo tienes que preguntarte cómo te gustaría que te hablasen a ti en este tipo de situaciones.
Para terminar, os dejo diez reflexiones sobre la asertividad de Olga Castanyer.

Víctor D. Magaña Loarte es licenciado en Psicología, con un máster en Psicología Clínica y de la Salud. Especializado en intervención cognitivo-conductual en problemas de ansiedad y estado de ánimo. También es formador en habilidades personales y profesionales y autor de planes para mejorar la comunicación asertiva y la autoestima. Es miembro de diferentes asociaciones profesionales y cuenta con el número de colegiado M-13.786.